UCRANIA: DESPERTAR DE UN PUEBLO, RECUPERACIÓN DE UNA MEMORIA (1991)

Zbigniew Marcin Kowalewski

 

Publicado en Correo Internacional (revista de la Liga Internacional de los Trabajadores – Cuarta Internacional), Año 8, No. 56, Noviembre de 1991, pp. 25-31.

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Mitrophan Grekov, Tachanka

Aclaración: Este trabajo del trotsquista polaco Zbigniew Kowalewski fue publicado en la revista francesa Hérodote —especializada en cuestiones de geopolítica—, en el número 54/55, de fines de 1989. Aquí editamos parcialmente sus dos primeros capítulos. A pesar de los profundos y acelerados cambios producidos desde entonces en la URSS, el texto de Kowalewski mantiene todo su valor, como una perspectiva histórica y política que destaca las raíces y proyecciones de la lucha de las masas ucranianas. Este articulo también nos permite entrever, más en general, las profundas causas que han motivado esa erupción volcánica de la cuestión de las nacionalidades en la URSS y la responsabilidad que ha tenido en ello la burocracia stalinista. Los fragmentos que reproducimos han sido seleccionados y traducidos para Correo Internacional por Andrés Romero [Andrés Méndez (1943-2010)].

El ascenso de los movimientos nacionales en un creciente número de repúblicas de la URSS probablemente apenas empieza, en la medida que se desarrolla de manera muy desigual y se caracteriza por una relativa lentitud en Ucrania, comparativamente con el ascenso de movimientos similares en Armenia y los países bálticos. Lo que no se advierte generalmente es que la cuestión ucraniana es el más serio de todos los problemas nacionales que se plantean en la Unión Soviética y Europa. El mismo Stalin tomó conciencia de ello, en el momento mismo en que consolidó su poder, estimando que el nacionalismo ucraniano encarnaba la principal amenaza para su régimen. Se mostró totalmente decidido a tomar las medidas más radicales para extirpar ese nacionalismo de una vez por todas, pero a la larga eso no hizo más que exacerbar la cuestión ucraniana.

En su fundamento histórico, se trataba ante todo de una cuestión campesina. Es en este terreno donde golpeó primero el poder stalinista. En 1932/33, durante la campaña de confiscación del trigo a los campesinos y la colectivización forzosa de la agricultura, la hambruna deliberadamente provocada en Ucrania por el Kremlin tuvo consecuencias terribles: la muerte de aproximadamente seis millones de campesinos ucranianos. Los siguientes golpes fueron el exterminio físico de la mayoría de la intelectualidad creadora de ese pueblo, así como la destrucción sistemática del Partido Comunista de Ucrania y de los aparatos estatales de la república [1]. Ciertamente, la vigorosa política de “ucranización” lingüística y cultural realizada durante los años ‘20 había “ucranizado” al poder bolchevique, que inicialmente se apoyaba sobre un proletariado industrial y una clase media urbana esencialmente rusos, rusificados o judíos. Las bases nacionales de ese poder ucraniano, aunque recientes, se revelaron lo suficientemente fuertes como para impulsar a Stalin a liquidarlas, recurriendo al terror masivo de la policía política e instaurando en la república un nuevo poder, esta vez rusificado. Fue Nikita Jrushchov el encargado de esta empresa de rusificación y reconstrucción.

La hambruna que golpeó al campesinado ucraniano es una tragedia obstinadamente negada hasta estos últimos tiempos por las autoridades soviéticas. Pero una reivindicación central del renaciente movimiento nacional ucraniano es que ellas reconozcan su responsabilidad, y este debate ya encontró eco en los medios [2]. Pero apenas se está comenzado tomar conciencia de la amplitud del terror que siguió luego. Se sospecha, a propósito de las gigantescas fosas comunes descubiertas en Bykovnia, cerca de Kiev, que el NKVD [policía secreta de Stalin, antecesora del actual KGB] fusiló a centenares de miles de ucranianos, a finales de los años ‘30. Se sospecha también que existen otras fosas igualmente importantes en Ucrania. Como escribía León Trotsky en 1939: “La burocracia también estranguló y saqueó al pueblo de la Gran Rusia. Pero en los asuntos ucranianos las cosas se complicaron aun más por la masacre de las esperanzas nacionales. En ninguna otra parte las restricciones, purgas, represiones y, en general, todas las formas de truhanería burocrática asumieron dimensiones tan asesinas como en Ucrania, al intentar aplastar poderosos anhelos de mayor libertad e independencia profundamente arraigados en las masas.” [3]

La revolución rusa y la revolución ucraniana

En general, los historiadores de la revolución rusa no ven a Ucrania más que como un territorio que permitió la expansión de esa revolución, en un movimiento desde el centro a la periferia del viejo imperio. Así, la revolución ucraniana —imbricada en la revolución rusa sin ser idéntica a ella— pura y simplemente desaparece de las páginas de la historia, cuando en realidad constituía un sujeto pleno; fue de hecho la más potente, la más masiva y la más violenta de todas las revoluciones realizadas por las nacionalidades oprimidas del imperio zarista.

Luego de la revolución de febrero de 1917, los campesinos ucranianos en uniforme militar desencadenaron un amplio movimiento popular, reivindicando una reforma agraria radical, la constitución de un poder nacional y la independencia. El término “ucraniano” era entonces sinónimo de campesino, pues cerca del 90% de la población de Ucrania vivía en el campo. Entre los 3 millones de proletarios (12% de la población), 900 mil trabajaban en la industria y 11,2 millones en la agricultura. Ucrania era parte de las regiones más industrializadas del imperio y se caracterizaba por una fuerte penetración del capitalismo en la agricultura. Pero, debido al desarrollo de tipo colonial, la mitad del proletariado estaba concentrada en el enclave metalúrgico y minero del Donbas, y no era ucraniano más que el 43%, siendo el resto ruso, rusificado o judío. Los ucranianos eran menos de un tercio de la población urbana. Por eso, siendo ante todo campesina, la revolución ucraniana fue a la vez nacional y social. Inmediatamente después de octubre de 1917, substanciales fuerzas sociales de esta revolución se inclinaban hacia la revolución rusa, atraídas por el programa social radical del bolchevismo. Sin embargo, la actitud de este último ante la cuestión nacional ucraniana empujó esas mismas fuerzas hacia las posiciones antibolcheviques de la Rada (Asamblea) Central, transformada más tarde en Directorio, de la República Popular Ucraniana, que se formó a consecuencia del ascenso del movimiento nacional. Estos incesantes desplazamientos de las fuerzas populares sobre el tablero político se producían, primero, en el marco de la ocupación del país por el ejército alemán tras el tratado de paz de Brest-Litovsk firmado por el gobierno bolchevique, luego en un contexto marcado por las invasiones de los ejércitos rusos blancos respaldados por las potencias de la Entente (Francia, Gran Bretaña, etc.) y, finalmente, frente a la invasión del ejército polaco. Inicialmente, los partidos democráticos que dominaban la Rada Central, se oponían a la consigna de independencia. Sólo proclamaron la separación como reacción a la toma del poder por los bolcheviques. Durante los años 1918/20, el gobierno y el ejército de la república fueron obligados en tres oportunidades a abandonar Kiev, ante tres invasiones sucesivas del Ejército Rojo. Los esfuerzos de este gobierno por encontrar apoyos antibolcheviques —primero, en 1918, de Alemania, luego, en 1919, de las fuerzas de intervención de la Entente, y por último mediante la alianza del atamán supremo de la república, Symon Petliura, con el jefe de Estado polaco Józef Piłsudski—  contribuyeron mucho al desgaste de su base popular. Esta base se hundió, además, a causa de la incapacidad del poder nacional ucraniano de satisfacer las reivindicaciones de los campesinos y obreros en el terreno social. El logro más importante del Directorio en el terreno nacional consistió en la concreción de la sobornist´ — es decir, la unidad del país, gracias a la fusión estatal con la República Popular de Ucrania Occidental. Pero esto, de todas maneras, no fue más allá de un acto jurídico, porque esta última república se había formado durante la guerra contra el Estado polaco que se había reconstituido y en el cual ella veía su principal y más inmediato enemigo, mientras Petliura buscaba en ese mismo Estado un apoyo contra la Rusia soviética.

Además de los campesinos armados, organizados en torno a atamanes ad hoc y replegados en sus aldeas, proliferaban corrientes armadas de masas que oscilaban entre Petliura y el bolchevismo y se volvían contra uno u otro, como la dirigida por Matviy Hryhoryiiv. Esta corrientes frecuentemente declaraban querer instaurar una Ucrania soviética independiente, sin dictadura del Partido Comunista.

Una de estas corrientes se constituyó sobre una base ideológica muy particular: antiautoritaria y a-nacional. Se trató del ejército rebelde de Néstor Majnó, que profesaba un credo anarquista o, más bien, comunista libertario. Además, algunas corrientes de extrema izquierda se desprendieron de partidos ucranianos que apoyaban a la Rada y luego al Directorio —el Partido de Socialistas-Revolucionarios (eseristas) y el Partido Socialdemócrata—, para formar cada uno en su momento un partido comunista paralelo al partido bolchevique, aspirando a la independencia estatal de la Ucrania soviética. El primero de esos partidos, llamado borotbista y proveniente del populismo eserista, ejercía una amplia influencia en las capas inferiores del campesinado y en el seno del proletariado ucraniano del campo y las ciudades. Aliado al bolchevismo, rivalizaba con éste por el poder en Ucrania y por el reconocimiento como sección ucraniana de la Internacional Comunista [Tercera Internacional].

En Ucrania, el partido bolchevique se apoyaba tradicionalmente en los sectores más concentrados del proletariado industrial, los cuales —como señalamos— eran rusos, rusificados o judíos (el pasaje del Bund, partido socialista judío especialmente fuerte en este país, al bolchevismo había ampliado la base nacional judía de éste). Aunque más no fuera por esa razón, el bolchevismo no disponía más que de una influencia limitada en el seno del movimiento nacional ucraniano. Además, la mayor parte de sus militantes y dirigentes en la región no veían en Ucrania más que la Rusia meridional. Consideraban la cuestión nacional ucraniana, el movimiento nacional y el impulso independentista como puras invenciones de un puñado de intelectuales pequeñoburgueses que trataban de acaparar el poder, cuando no como una intriga proveniente de potencias extranjeras. El Partido Comunista (bolchevique) de Ucrania sólo fue formado en abril de 1918, durante la primera retirada de los bolcheviques del país. Sus dirigentes de nacionalidad ucraniana, como Mykola Skrypnyk, deseaban que estuviera en pie de igualdad con su hermano partido ruso y que la Tercera Internacional lo reconociera como su sección ucraniana. Esta pretensión fue firmemente rechazada en Moscú: no podía ser otra cosa que una organización regional del partido panruso. Vasyl Shajrai, militante bolchevique, pasó entonces a la disidencia para devenir en el fundador ideológico del comunismo independentista ucraniano. Hacia esta posición se orientó, dentro del partido, la corriente llamada federalista. Sobre la misma posición se situó también el borotbismo. En los diversos momentos en que el poder bolchevique intenta establecerse en Ucrania, innumerables elementos de la clase media rusa—frecuentemente chauvinistas— invadieron su aparato. Estaban motivados menos por su compromiso junto a la revolución bolchevique, que por su apuro de servir a todo poder moscovita, del color que fuera.

En cuanto a la dirección bolchevique central, a pesar de la proclamación por Lenin del derecho de las naciones a la autodeterminación —derecho cuestionado por amplios sectores del partido— ella no avizoraba más que la formación de un único Estado soviético centralizado, aunque fuera necesario llamarlo formalmente “federación”. En tal contexto, las presiones nacionalistas gran rusas en favor de una “Rusia una e indivisible” se expresaron con fuerza a propósito de la cuestión nacional ucraniana, en particular bajo el segundo gobierno bolchevique en Ucrania, durante el primer semestre de 1919. Este gobierno ignoró la existencia misma la cuestión nacional y anunció la instauración de una “dictadura de la cultura rusa”: sus diversas instancias decretaron ordenanzas prohibiendo la utilización de la lengua ucraniana y reprimieron a la intelectualidad nacional. Esta política, combinada con el curso extremista que consistía en imponer “comunas” al campesinado y con la confiscación del trigo para alimentar las hambrientas ciudades rusas, provocó una fuerte reacción antibolchevique en el seno de la sociedad ucraniana, facilitando la ofensiva de Denikín e impidiendo a la Rusia soviética ir en auxilio de la revolución húngara.

A fines de 1919, al pasar el Ejército Rojo a la ofensiva general contra el ejército blanco de Denikín, Lenin, Trotsky y con ellos, el conjunto de la dirección bolchevique, ansiosos por ganar una parte de las fuerzas sociales y políticas de la revolución ucraniana, prometieron “levantar todos los obstáculos que se opusieran al libre desarrollo de la lengua y la cultura ucraniana, oprimidas durante siglos por el zarismo ruso y las clases explotadoras”. Ellos reconocieron abierta y públicamente que tenían “divergencias con los bolcheviques ucranianos y los borotbistas sobre la cuestión de la independencia de Ucrania y, en general, sobre la cuestión nacional”. Anunciaron formalmente que la litigiosa cuestión referida a la completa independencia de Ucrania soviética o de su federación o fusión con Rusia, sería resuelta libremente por el pueblo trabajador ucraniano en un Congreso Constituyente de los Soviets de Ucrania, que debería ser convocado inmediatamente después de la victoria militar de la revolución. Este nuevo curso permitió combinar la ofensiva del Ejército Rojo con las insurrecciones armadas de las masas ucranianas contra el poder de los antiguos generales zaristas, y así derrotar a Denikín. Permitió, además, evitar el levantamiento de los comunistas borotbistas, “hecho casi inevitable” (Lenin), contra el poder bolchevique, y obtener su adhesión al partido bolchevique. A su vez, la extrema izquierda de la socialdemocracia ucraniana, apenas algunos meses después de haber animado la resistencia armada frente al avance del Ejército Rojo, se alió a la revolución bolchevique, aunque no adhirió al partido bolchevique. Tras la disolución del Partido Comunista Ucraniano (borotbista), constituyó un nuevo Partido Comunista Ucraniano, llamado ukapista, que sobrevivió hasta 1925. Por su lado, derrotado y más que nunca desprovisto de todo respaldo popular, el ejército de la República Popular Ucraniana bajo el mando de Petliura tomó Kiev por última vez, junto a las tropas polacas de Piłsudski, en una aventura sin futuro y de muy corta duración.

Sin embargo, no fue cumplida la promesa de convocar un Congreso Constituyente encargado de decidir democráticamente si la Ucrania soviética sería independiente o no, como así tampoco fueron cumplidas las promesas hechas a Majnó. Este último había sido un jefe guerrillero independiente y luego un comandante del Ejército Rojo. Después, se transformó nuevamente en un rebelde incontrolado y temible, esta vez perseguido por los bolcheviques y calificado de bandido. Sin embargo, cooperó una vez más con el Ejército Rojo en el momento de la toma de Crimea para arrojar al mar al ejército blanco de Wrangel. Se le prometió que, en la región de Ucrania controlada por su ejército rebelde, podría hacer la experiencia de construir una sociedad sin estado. Fue una promesa fraudulenta, como lo reconoce el historiador soviético Vasili Golovanov, en un artículo publicado en Literaturnaya Gazeta (no. 6, 1989). Así, por primera vez en sesenta años, en la Unión Soviética el majnovismo ha sido considerado como un movimiento revolucionario y no como una partida de bandidos.

A comienzos de los años ‘20, los antiguos militantes borotbistas convertidos en bolcheviques denunciaban en los siguientes términos los peligros que corría la vieja colonia zarista ante la tendencia a reconstruir, sobre bases comunistas, una “Rusia una e indivisible”: “Fundándose en los lazos étnicos de la mayoría del proletariado urbano de Ucrania con el proletariado, el semiproletariado y la pequeña burguesía de Rusia, y sirviéndose como argumento de la debilidad del proletariado industrial ucraniano, una tendencia que nosotros llamamos colonizadora aspira a la construcción de un sistema económico integrado en el marco de la República Rusa, que sería el del antiguo imperio restaurado, al que pertenecería Ucrania. Esta tendencia persigue la subordinación total del Partido Comunista (bolchevique) de Ucrania al partido ruso y apunta, más en general, a la dilución de todas las jóvenes fuerzas proletarias de las ‘naciones sin historia’ en la sección nacional rusa de la Internacional Comunista. (…) En Ucrania, la fuerza dirigente de esta tendencia es un sector del proletariado urbano e industrial que no se ha asimilado a la realidad ucraniana. Pero, más allá de esto y por encima de todo, lo que constituye su fuerza es la masa de la pequeña burguesía urbana rusificada, que siempre fue el sostén de la dominación de la burguesía rusa en Ucrania. La política colonizadora de gran potencia que domina hoy en Ucrania es profundamente perjudicial a la revolución comunista. Ignorando las naturales y legítimas aspiraciones nacionales de las masas laboriosas ucranianas ayer oprimidas, ella es enteramente reaccionaria y contrarrevolucionaria, en tanto expresión de un viejo pero siempre vivo chauvinismo imperialista gran ruso.” [4]

Pero en ese momento se trataba de una tendencia que podía ser contrabalanceada, si no completamente invertida. Los dirigentes comunistas de las nacionalidades no rusas se mostraron ferozmente opuestos al proyecto de un estado único centralizado, promovido por Stalin, y estaban apoyados por Lenin agonizante (ver su testamento) en sus esfuerzos por dar a la Unión Soviética una estructura de confederación. Así, en 1923 salieron victoriosos del XII Congreso del Partido Comunista (bolchevique), que reconoció formalmente la presencia en el seno del poder soviético de una “tendencia al chauvinismo imperialista ruso”. Aunque muy parcial y frágil y reflejando un compromiso, esta victoria abrió al pueblo ucraniano la posibilidad de proseguir con vigor, durante los años 20, la realización de las tareas de la revolución nacional, bajo la dirección del antiguo borotbista Oleksandr Shumsky, y luego bajo la del viejo bolchevique Mykola Skrypnyk. Pero diez años después de su concertación, el compromiso de 1923 ya había sido invertido de arriba a abajo por la consolidación del régimen estalinista y del imperialismo de la nueva burocracia moscovita.

Discriminación y explotación

Con una superficie de más de 600 mil kilómetros cuadrados, la República Socialista Soviética de Ucrania es una de las más grandes repúblicas no rusas de la URSS, y es el más vasto Estado de Europa después de Rusia. Decimos “Estado” en la medida que esta república —al igual que Bielorrusia y aunque sólo sea una ficción, es formalmente un Estado miembro de las Naciones Unidas. Por su población (52 millones de habitantes), es la principal república soviética no rusa. En la Unión Soviética hay 42 millones de ucranianos, de los cuales 7 millones viven fuera de Ucrania, principalmente en Rusia, Kazajstán y Moldavia. Dentro de las fronteras de la misma república, los ucranianos constituyen el 74% de la población total. De 1926 a 1979, esa población total creció un 68%, mientras que la de nacionalidad ucraniana sólo aumentó un 53%. En el mismo período, el número de rusos —principal minoría nacional de Ucrania— se cuadruplicó, y hoy constituyen el 21% de la población de la república (las otras grandes minorías son los judíos, los bielorrusos y los polacos). [5] (…)

Según el censo de 1979, el número de personas que indicaron el ucraniano como su lengua materna supera en varios millones a los de nacionalidad ucraniana: el 89% de los censados señaló al ucraniano como su lengua materna. Veinte años antes eran el 93,5% de la población. Aproximadamente la mitad de los ucranianos señalan al ruso como su segunda lengua [6]. A título de comparación, señalemos que sólo el 3,5% de los rusos que viven en el conjunto del territorio de la URSS, declaran hablar fluidamente una segunda lengua. Esto significa que la pretendida internacionalización linguística de las nacionalidades soviéticas es totalmente unilateral y que en los hechos se trata de una rusificación de las nacionalidades no rusas. Esta realidad es teorizada abiertamente, o por lo menos lo era hasta el fin de la era de Brézhnev. En 1982, por ejemplo, el muy oficialista demógrafo Víktor Kozlov escribía, sin molestia alguna, que “[la rusificación] es un proceso objetivo, que el Partido no impone porque no hace falta. Son las potentes fuerzas engendradas por la realidad de las instituciones soviéticas y de la vida soviética las que la imponen. Sin embargo, el Partido actuará enérgicamente contra toda tentativa de retrasar ese proceso de internacionalización de la población soviética bajo dirección rusa.:.” [7]

Es así y debe ser así, porque, como lo declara otro paladín de las ciencias sociales brezhnevistas, I.M. Kurman, “la lengua rusa constituye la realización más perfecta de todas las formas de comunicación humana. Ella reúne todos los elementos más finos de la cultura y la ciencia. Sin ella no puede haber revolución cultural ni formación de un hombre nuevo” [8] En cuanto al mencionado concepto de “dirección rusa”, significa, según la doctrina del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), que “el gran pueblo ruso —el primero entre las naciones iguales de nuestro país— ejerce el rol dirigente en la formación y desarrollo del Estado multinacional soviético y en la formación y consolidación de la comunidad multinacional soviética” [9].

En consecuencia, aunque la inmensa mayoría de la población de Ucrania considera al ucraniano como su lengua materna, cerca de la mitad de los niños concurren a escuelas de lengua rusa. En las escuelas urbanas, la situación de la lengua nacional es incluso más dramática. (…) En Kiev, capital de la república, y en otros centros regionales, las escuelas ucranianas y las escuelas mixtas —que enseñan en ucraniano y ruso— son sólo un 28% del sistema escolar contra un 72% de las escuelas exclusivamente rusas. Además, como lo señalan los portavoces de la Unión de Escritores de Ucrania, las escuelas mixtas también son, de hecho, escuelas rusas. Así, hay en realidad un 16% de escuelas ucranianas en las principales ciudades de la república, contra un 84% de rusas. [10]

Se observa una degradación similar de la posición institucional de la lengua ucraniana en otros dominios, especialmente en lo referido a los títulos y tirajes de periódicos y libros, o de manuales escolares y universitarios. En 1979, sólo un 28% de los libros publicados en Ucrania lo eran en ucraniano (y un 70% en ruso), lo que implicaba un retroceso del 11% en una década [11]. (…)

No solamente los intelectuales ucranianos están subrepresentados en el conjunto de la intelectualidad de Ucrania, sino que su importancia se deteriora con el tiempo, especialmente en los niveles más elevados. En 1970, los ucranianos no eran más que un 54% de personas que habían hecho estudios superiores, y un 63% de las que habían hecho los estudios de nivel secundario. En la misma época, su proporción en la población estudiantil y entre los candidatos a los establecimientos de estudios superiores era de 60%, a saber, un 10% menos que diez años atrás. El aflujo de rusos al seno de la intelectualidad y del personal técnico obliga a un número considerable de ucranianos con formación universitaria y secundaria a buscar empleos en Asia Central, Siberia y otros lugares. En la misma república, frecuentemente eligen renunciar a su nacionalidad, para asegurarse una movilidad social ascendente [12].

Al mismo tiempo, los ucranianos forman el 74% de la clase obrera (que constituye el 30% de la población de Ucrania) y el 93% de los koljosianos (los agricultores constituyen el 30% de la población total). La gran sobrerrepresentación de la nacionalidad ucraniana en el seno de la clase obrera y entre los trabajadores rurales se explica en gran medida por los mismos factores que engendran su subrepresentación en el seno de la intelectualidad. Sobre la base de datos que van desde 1970, Bohdan Krawchenko, sociólogo canadiense de origen ucraniano, ha demostrado que la clase obrera ucraniana es, sin embargo, una de las más instruidas de la URSS; más instruida incluso que la de Rusia. En Ucrania, un  21% de los obreros terminaron sus estudio secundarios o comenzaron estudios superiores, contra un 15% en Rusia. (…) [Pero] “las aspiraciones de la juventud ucraniana de hacer estudios superiores han sido sofocadas y, en consecuencia, ella se ha reintegrado a la clase obrera” [13].

En Ucrania, esta capa cada vez más amplia de obreros que, por ser ucranianos, no han podido realizar sus aspiraciones de promoción social, constituye una gran fuerza potencial del movimiento nacional, y es así una poderosa base de apoyo de las reivindicaciones de la intelectualidad nacional. Esto es lo que demuestran numerosos hechos concretos, como la movilización popular durante la campaña electoral para el Soviet Supremo de la Unión Soviética [en 1989].

En Kiev, ciudad históricamente conocida por su alto grado de rusificación, (…) uno de los candidatos independientes era Yuriy Shcherbak, secretario de la Unión de Escritores de Ucrania. Es autor de un libro de denuncia de la catástrofe de Chornóbyl y otro más explosivo sobre la hambruna de 1932-33 provocada en Ucrania por el Kremlin, (…) crítico valiente de los privilegios de la burocracia en el poder y de su empeño de rusificación y, al mismo tiempo, defensor de las libertades sindicales de los trabajadores. Shcherbak se presentó a una preselección de candidaturas ante 280 delegados obreros de una treintena de fábricas. Entre diez candidatos, fue el único en presentar una plataforma electoral escrita en ucraniano. Su candidatura recibió el apoyo de 240 de los delegados. En las elecciones, el apoyo masivo de los obreros le aseguró una elección triunfal al Soviet Supremo, a pesar de la abierta hostilidad del aparato de poder local. En la ciudad de Lviv (en ruso Lvov), centro histórico del nacionalismo ucraniano, el aparato burocrático trató de impedir la candidatura de otro prestigioso escritor, Iván Drach, aunque él era apoyado por los obreros de veinte fábricas y establecimientos. (…) La tentativa de la burocracia de escamotear su candidatura fue derrotada gracias a una serie de grandes manifestaciones; el 3 de mayo [de 1989] 30 mil habitantes de Lviv salieron a la calle para defender la candidatura de Dratch y para adoptar una resolución remarcando la adhesión popular a los símbolos nacionales prohibidos: la bandera azul y amarilla y el tridente. Estas manifestaciones fueron precedidas por la entrada en escena de los obreros que, inspirándose probablemente en las tácticas de lucha del sindicato polaco Solidarność [Solidaridad], habían lanzado “huelgas de advertencia” de una hora en nueve fábricas paralelamente a acciones similares de parte de los estudiantes en apoyo a Drach.

La cuestión nacional ucraniana tiene un potente fundamento económico. Como colonia de tipo “europeo” en el interior del imperio zarista, Ucrania tenía al fundarse la URSS niveles de vida y de desarrollo económico más altos que los de Rusia. Pero después fue sobrepasada por su “hermana mayor”, tanto en el ritmo de crecimiento como en el ingreso per cápita de los habitantes.

Los datos de los años ‘70 demuestran que el salario medio de los trabajadores del sector estatal, el ingreso total de una familia koljosiana y el ingreso por trabajador (establecidos sobre la base del salario en los sectores estatal y koljosiano y del ingreso proveniente de las actividades privadas de los campesinos) son inferiores en Ucrania respecto al nivel general de la URSS y mucho más bajas que en Rusia (el 13% e incluso, en algunos casos, el 17%) [14]. (…) En Rusia, el 49% de las inversiones consagradas a las infraestructuras sociales provienen del presupuesto del estado, contra sólo un 28% en Ucrania [15]. (…) Más urbanizada que Rusia antes de la Primera Guerra Mundial, ahora Ucrania lo es menos [16]. (…)

Por qué este deterioro relativo de la situación de Ucrania? Sobre la base de un análisis meticuloso de los datos disponibles para el período que va desde mediados de los años ’20 hasta el comienzo de los ‘60, el economista norteamericano de origen ucraniano Z. Lev Melnyk llega a la siguiente conclusión: “Aun haciendo abstracción de las ventajas que obtuvo el gobierno central gracias al aporte ucraniano al comercio exterior, las pérdidas de Ucrania equivalen por lo menos a sexta parte de su ingreso nacional. Es el precio exorbitante que paga por su pertenencia a la URSS. Los fondos transferidos a otras partes de la Unión Soviética alcanzan niveles sin precedentes en la historia mundial de las relaciones económicas entre naciones. Puesto que esos fondos son transferidos por el gobierno central de acuerdo a sus propios planes y sin compensación alguna, esto representa una pérdida irreparable para su productor, Ucrania.” [17]

Otro economista norteamericano de origen ucraniano, Volodymyr N. Bandera, comenta: “[Las autoridades soviéticas] afirman que la política de inversiones y los movimientos de capital y fuerza de trabajo apuntan a igualar el nivel de desarrollo de las distintas regiones. Pretenden que tal política corresponde a la solución leninista de la cuestión de las nacionalidades heredada del imperio zarista, donde las regiones periféricas, particularmente de Asia, estaban dominadas por Rusia, país más desarrollado. Pero la evidencia empírica niega la hipótesis según la cual el objetivo de igualar los niveles de desarrollo entre regiones determinaría el modo de inversión. En lo concerniente a los índices de desarrollo, las diferencias entre las repúblicas siguen siendo considerables. En cuanto a las diferencias regionales de desarrollo al interior de una república tan importante como Ucrania (diferencias que se reflejan en las desigualdades substanciales de ingresos y de oportunidades de empleo), ellas tampoco están en proceso de reducirse.” [18] (…)

[1] Ver H. KOSTIUK, Stalinist Rule in the Ukraine A Study of the Decade of Mass Terror (1929-1939), Institut zur Erforschung der UdSSR, Munich, 1960; B. KRAWCHENKO, “La grande famine en Ukraine”, L’Alternative, N° 24, 1983; M. DOLOT, Les affamés: L’holocauste masqué, Ukraine 1929-1933, Ramsay, Paris, 1986; R. SERBYN, B. KRAWCHENKO (eds.), Famine in Ukraine, 1932-1933, Canadian Institute of Ukrainian Studies (CIUS), Edmonton, 1986; R. CONQUEST, The Harvest of Sorrow. Soviet Collectivization and the Terror-Famine, Oxford University Press, New York, 1986

[2] Ver, por ejemplo, V. PAKHARENKO, “Holodnyi 33-ii”, Molod Cherkashchyny, N° 30, 1988; S. KULCHYTSKY, “Trydtsiat tretii”, Silski Visti, 12 junio de 1988.

[3] L. TROTSKY, Œuvres, Vol. 21, Institut Léon Trotsky, Paris, 1986, p. 125.

[4] Citado por M.M. POPOV, Narys istorii Komunistychnoi Partii (bilshovykiv) Ukraiiny, Járkiv, 1929, p. 243-245.

[5] L.V. CHUIKO, Braki i rozvody: Demograficheskoie issledovanie na primere Ukrainskoi SSR, Moscú, 1975, p. 77-80.

[6] En realidad, se trata frecuentemente de una jerga ucraniano-rusa; por otro lado, no faltan pruebas que este tipo de datos están muchas veces falsificados para “mejorar” las tasas de bilingüismo. Ver B. KRAWCHENKO, “Ethno-Demographic Trends in Ukraine in the 1970s”, en Ukraine after Shelest, CIUS, Edmonton, 1983, p. 109-113.

[7] V.I. KOZLOV, Natsionalnosti SSSR: Etnograficheskii obzor, Moscú, 1982, p. 301-302.

[8] I.M. KURMAN, Vplyv kultury na formuvannia osoby v SRSR, Kiev, 1973, p 131-132.

[9] E.V. TADEVOSIAN, “Sovetskii narod — novaia istoricheskaia obshchnost ludei”, Voprosy Istorii KPSS, N° 5, 1972, p 25

[10] “Z plenumu Spilky Pysmennykiv Ukraiiny”, Literaturna Ukraiina, 9 julio de 1987.

[11] M. SHKANDRIJ, “Literary Politics and Literary Debates in Ukraine 1971-1981”, in Ukraine After Shelest, p 64; B. LEWYTZKYJ, Politics and Society in Soviet Ukraine, 1953-1980, ClUS, Edmonton, 1984, p. 184-185; Soviet Ukrainian Affairs, Vol. 3, N° 1, 1989, p 28-29.

[12] Processus ethniques en URSS, Moscú, 1983, p. 169; B. KRAWCHENKO, Social Change and National Consciousness in Twentieth-Century Ukraine, Macmillan, Londres, 1985, p 212-213.

[13] B. KRAWCHENKO, op. cit., p. 210.

[14] I.S. KOROPECKYJ (ed.), The Ukraine Within the USSR: An Economic Balance Sheet, Praeger, Nueva York – Londres, 1977, p. 84-108.

[15] B. KRAWCHENKO, op cit., p. 206

[16] Processus ethniques en URSS, op. cit., p. 101, 199.

[17] Z. L. MELNYK, “The Economie Price of Being a Soviet Republic. The Case of Ukraine”, en W. DUSHNYK (ed.), Ukraine in a Changing World, Ukrainian Congress Committee of America, New York, 1977, p. 172.

[18] V.N. BANDERA, “External and Intraunion Trade and Capital Transfers”, in I.S. KOROPECKYJ (ed.), op. cit., p. 256.

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